Hay algo profundamente contradictorio en pretender que la libertad tenga que identificarse con una determinada corriente política. Y, sin embargo, cada vez es más frecuente encontrar discursos que vinculan el software libre con movimientos ideológicos concretos, como si utilizar GNU/Linux, defender las licencias libres o reivindicar las cuatro libertades del software implicara necesariamente suscribir una determinada visión del mundo.
¿Desde cuándo la libertad de estudiar, modificar y compartir un programa tiene dueño ideológico?
Conviene empezar por una distinción que algunos parecen empeñados en ignorar: el software libre no es simplemente una tecnología, pero tampoco es un partido político, una organización ideológica ni una declaración de adhesión a un movimiento social determinado.
Es una filosofía que reivindica la libertad de los usuarios frente al control que otros ejercen sobre sus herramientas digitales.
Y eso, aunque a algunos les incomode, no encaja necesariamente en las categorías políticas tradicionales.
El intento de apropiación ideológica
Existe una tendencia a asociar el software libre con determinadas corrientes políticas, especialmente aquellas que reivindican la cooperación, los bienes comunes, la descentralización o la crítica a determinadas estructuras económicas.
Es comprensible que existan afinidades. El modelo de colaboración del software libre puede dialogar con distintas tradiciones filosóficas, económicas y políticas.
Pero una cosa es encontrar afinidades y otra muy distinta pretender establecer una relación de pertenencia.
Que una persona defienda el software libre no significa que comparta todas las posiciones políticas de quienes también lo defienden. Del mismo modo, utilizar software propietario no convierte automáticamente a nadie en defensor de una determinada ideología económica.
¿O vamos a empezar a determinar la identidad política de las personas por el sistema operativo que utilizan?
La libertad del software no es una credencial ideológica.
Stallman y la confusión interesada
Richard Stallman, fundador del movimiento GNU, ha defendido reiteradamente que el movimiento del software libre se centra en las libertades de los usuarios y no en exigir adhesión a una corriente política convencional.
Su planteamiento no consiste en negar que el software libre tenga implicaciones políticas o sociales. Consiste en delimitar aquello que realmente constituye su razón de ser.
Las cuatro libertades —ejecutar, estudiar, modificar y compartir el programa— no exigen profesar una ideología determinada.
Y aquí aparece una cuestión incómoda: si necesitamos atribuir una afiliación política a toda reivindicación de libertad, ¿no estaremos confundiendo nuestras preferencias ideológicas con los principios que pretendemos defender?
El software libre no necesita convertirse en una extensión de ninguna militancia para justificar su existencia.
Pero ¿acaso el software libre no es político?
Por supuesto que tiene una dimensión política.
Sería ingenuo negar que decidir quién controla la tecnología, quién puede modificarla, quién puede distribuirla y quién depende de las decisiones de un proveedor tiene consecuencias sociales, económicas y políticas.
La cuestión es que lo político no equivale necesariamente a lo partidista.
Defender la privacidad no convierte a nadie en miembro de un partido. Defender la libertad de expresión no obliga a compartir una doctrina política completa. Y defender que los usuarios tengan control sobre sus herramientas digitales tampoco debería exigir una afiliación ideológica.
El problema comienza cuando confundimos una reivindicación de derechos con la obligación de compartir un programa político más amplio.
Una filosofía puede tener consecuencias políticas sin convertirse por ello en propiedad exclusiva de una ideología.
La paradoja de quienes quieren decidir quién puede defender la libertad
Hay otra contradicción que merece atención.
Si el software libre reivindica que los usuarios puedan controlar sus herramientas, estudiar su funcionamiento y decidir qué hacer con ellas, ¿con qué legitimidad podemos pretender establecer una identidad política obligatoria para quienes lo defienden?
¿No estaríamos reproduciendo, en el plano ideológico, la misma lógica de imposición que criticamos en el ámbito tecnológico?
La libertad no consiste en cambiar un conjunto de dependencias por otro. Tampoco en sustituir la obediencia a un proveedor por la obediencia a una identidad colectiva.
El software libre no debería ser un espacio donde se exija uniformidad de pensamiento, sino uno donde personas con convicciones diferentes puedan coincidir en la defensa de unas libertades compartidas.
Y esto vale para todos: para quienes intentan apropiárselo desde una corriente política y para quienes pretenden negar cualquier dimensión ética o política a su filosofía.
No necesitamos pensar igual para defender las mismas libertades
Quizá el verdadero valor universal del software libre reside precisamente en eso.
Una persona puede defenderlo desde una perspectiva liberal, socialista, conservadora, libertaria, humanista o desde cualquier otra tradición de pensamiento. También puede hacerlo sin identificarse con ninguna.
Lo que determina su compromiso con el software libre no es su etiqueta política, sino su defensa de las libertades que lo definen.
Podemos discrepar sobre economía, organización social, modelos de Estado o cualquier otra cuestión y, aun así, coincidir en que los usuarios no deberían estar sometidos a restricciones injustificadas sobre sus propias herramientas digitales.
No hace falta compartir una ideología para compartir un principio.
Y quizá sea precisamente esa capacidad de encuentro, por encima de las diferencias, lo que algunos discursos de apropiación ideológica terminan poniendo en peligro.
La libertad del software no tiene afiliación política
El software libre no necesita un carnet de identidad ideológico, ni un guardián que determine quién está suficientemente alineado con una determinada corriente para poder reivindicarlo.
Tiene unos principios, unas libertades y una razón de ser.
Podemos discutir sus implicaciones políticas, sus modelos de desarrollo, sus contradicciones y sus límites. Podemos discrepar profundamente sobre el mundo que queremos construir.
Pero no confundamos la defensa de una libertad concreta con la adhesión obligatoria a una ideología.
Porque cuando empezamos a decidir quién puede defender la libertad en función de sus ideas políticas, quizá hemos dejado de defender la libertad para empezar a defender nuestra propia etiqueta.
La libertad del software no tiene afiliación política.